Hoy no podía dormir y me he puesto a escribir. No se si llamarlo metáfora, parábola, o qué. Pero bueno ésto es lo que salió. A buenos entendedores, sobran palabras.
Debajo os he puesto una canción. Aunque la imagen es un poco obscena, la pieza es muy bonita, escuchadla.
La ciudad estaba cerca. El capitán lo presentía, pues el terreno así se lo indicaba, granjas abandonadas, casas vacías, caminos desiertos... La población había corrido a guarecerse tras los muros de la urbe.
Echó un vistazo a sus tropas. Un par de escuadrones de caballería, apenas alcanzaban los doscientos jinetes; los tres regimientos de infantería, que en total no serían más de dos mil quinientos hombres y por último el malogrado batallón de artilleros, arrastrando, como buenamente podían, sus cañones. Eran unos treinta.
Treinta, pensó el capitán. Tendrían suerte si lograban arañar las defensas.
No le gustaba la situación. Ya había vivido esto antes. Algo le recordaba al desastre de Carcaudé. Allí, él no era capitán y no decidió que estratagema seguir. Simplemente cumplió órdenes. Y salió vivo de milagro. Menos mal que logró esconderse y huir pasado todo.
Fué un día soleado, los oficiales decidieron que el enemigo había sido debilitado y que debían atacar. Erraron en sus previsiones. Parte del ejército enemigo había sido dañada, pero sólo parte. El grueso de las tropas se ocultaban a los ojos de sus generales, por eso marcharon a la batalla. Cuando Carcaudé se alzó ante los ojos de los miles de soldados, muchos pensaron que ese día dormirían bajo techo en una ciudad recién conquistada. Craso error pensar tal cosa, pues según se aproximaban, el suelo empezó a temblar. A lo lejos, más allá del flanco izquierdo, se comenzaron a dibujar siluetas de jinetes en lo alto de una loma casi desarbolada, cerca de la ciudad. En cuanto aparecieron los artilleros y los infantes, el general no lo dudó, había un ejército fuera.
Ordenó retirada, los cañones comenzaron a virar mientras los jinetes se dedicaban a formar una línea defensiva para cubrir la retirada. Los hombres se empezaron a asustar. La desesperación parecía haber hecho presa en muchos, los mismos que pensaría que tendrían una noche apacible.
Llegado el momento, el general ordenó marcha en retirada, dando permiso a los artilleros para que abandonasen las piezas en beneficio de una mayor velocidad. Mientras tanto, la caballería ligera había trabado combate con algunos miembros de la avanzadilla del ejército rival. Una escaramuza sin importancia que sirvió para demostrar la superioridad del enemigo. Aún así, los enemigos se retiraron. Los jinetes no los persiguieron, no estaban tan locos.
En ese momento, después de dar un respiro a los caballos, sobrevino la hecatombe. En la loma se comenzaron a dibujar más y más equinos, que comenzaron a acercarse a una velocidad pasmosa, estaban cargando. Los superaban en mas de veinte contra uno.
A la orden de ¡sálvese quien pueda!, los oficiales, comenzaron a cabalgar entre la infantería, poniendo tierra de por medio con el enemigo, seguidos de la caballería. Como siempre, la infantería tendría la peor parte.
El capitán, infante por aquellas fechas, logró esconderse en una arboleda cercana y aguardar hasta la noche, en la que salió de la vegetación y huyó. En su viaje hacia las tierras de su ejército se encontró con compañeros de armas, la gran mayoría muertos, tendidos en el suelo, unos pocos gimiendo de dolor; y sólo otro más vivo como él. Lograron llegar a casa. De aquel día, de aquella matanza, sólo le quedan las pesadillas y un dolor en el pecho que siempre le acompaña, de cuando un caballo le pasó por encima, sin que su jinete se preocupase de si había matado o no a la víctima.
Hoy era algo parecido, pensaba el capitán mientras analizaba cada detalle de la situación. Estaba así ensimismado, cuando dos jinetes le sacaron de sus cavilaciones. Señor, dijeron, hay un ejército grande al lado de la fortificación. Parece que se ha unido a la guardia de la ciudad a la que pensábamos vencer hoy mismo, señor. No tienen mucha caballería, son lentos, aunque más poderosos. Tienen muchos más efectivos, terminó de decir el joven jinete.
El teniente del segundo escuadrón de caballería estaba allí y había oído la información. Sabía lo que pensaba el capitán, pues él había sido el otro superviviente de Carcaudé. El capitán ordenó a los exploradores que se fueran y se quedó a solas con el teniente. Sobraban las palabras. El capitán era un estratega nato, aunque no con demasiado coraje, mientras que el teniente era más impulsivo. Por eso mandaba el primero, al menos en las situaciones ordinarias.
Ambos veían tres opciones: luchar, huir o morir.
Tenían órdenes de tomar esta ciudad, si no lo hacían serían deshonrados.
Podían luchar, lo que les llevaría a una muerte casi segura. Causarían bajas en el enemigo, pero acabarían sucumbiendo. La pequeña posibilidad de vencer la veían muy remota. El capitán no era un tipo optimista.
Podían huir, quizás saliesen intactos, pues aún había una distancia considerable hasta el enemigo, aunque no era nada seguro. En ese caso no se podían demorar más. Si esperaba, el daño sería irreparable.
Por un momento, al capitán se le pasó por la mente introducir su mosquete en la boca y descerrajarse un tiro. Se le quitó rápidamente de la cabeza. Era absurdo, aunque no moriría en manos del enemigo, ni huiría para ser humillado en la capital, donde seguro le esperaría un consejo de guerra. Puede que al final de todo no estuviese tan mal...
No quería repetir lo de Carcaudé. Miró al teniente y éste no supo que decirle. Sabía que si le pedía que cargase, lo haría sin dudarlo. Pero no lo haría. Le estaría pidiendo que se sacrificase inútilmente. Si luchaban, lucharían todos juntos, hasta el último hombre. Si no, quedaba la huida... Deshonrosa, pero que le permitiría conservar la vida. Aunque posiblemente le acarrease un nuevo dolor en el pecho.
¿Qué debía hacer? El tiempo corría y toda su instrucción en la academia no le servía ahora de nada. Sólo la experiencia, sus hombres, y el teniente, que le daba seguridad. Sabía que era una seguridad ficticia, pero menos es nada.
Luchar, Huir o Morir.
"En la guerra, como en el amor, para acabar es necesario verse de cerca." N. Bonaparte.
"En la guerra, como en el amor, siempre hay uno que pierde." J.P.D.




